Revista Lazarillo, nº 54, sección Encuentros ante el espejo. Asociación Española Amigos del Libro Infantil y Juvenil. Texto publicado en la edición impresa de la revista. Web de referencia: amigosdellibro.com/revistalazarillo. Fotos: Miguel Ángel Montesinos y Marc Bellmunt. Preguntas desde Avilés (Asturias): Rafa Balbuena. Pregunta desde Gijón: Paco Abril, director de Lazarillo.
¡Hola! Ese que hay ahí en el espejo soy yo.
Ya, ya lo sé, no hace falta que me lo digas. Claro que eres tú el que se refleja en mí, ¿quién iba a ser? Solo que apareces al revés… tu mano derecha es mi izquierda y viceversa. Me pregunto por qué tus pies no aparecen arriba y tu cabeza abajo.
Venga, no me líes. Como sé que pretendes interrogarme, aquí me tienes dispuesto a responder a las preguntas que quieras hacerme. Empieza contándome tu andadura literaria, que es lo que les interesa, sin exagerar nada, a los millones de personas que leen la revista Lazarillo.
Surgió por casualidad, como muchas de las cosas importantes. Estaba en casa de un amigo y me comentó que había un concurso de cuentos cortos con un premio de 100.000 pesetas, lo que equivale a 600 euros actuales. Ahora puede parecer poco, pero con ese dinero, en el año 80, ¡te podías comprar un coche! Hicimos una apuesta a ver quién de los dos era capaz de escribir el cuento. Gané la apuesta; el concurso no. Era lo primero que escribía, pero a mis amigos les gustó mucho y me animaron a seguir haciéndolo. Y empecé a escribir cuentos parecidos a los que a mí me gustaban y poco a poco fui creando un estilo propio.
Ah, vaya, el señor tiene un «estilo propio», como si fuese un diseñador de moda. Suena un poco pretencioso eso de «estilo propio».
No te pongas borde que te tiro. Tendrás siete años de mala suerte y con lo supersticioso que eres…
Bueno, va, ¿en qué consiste ese «estilo propio»?
Los especialistas que han estudiado mis libros, que alguno hay, siempre dicen que tengo un estilo vivaz, muy cinematográfico, a veces poético, la mayoría de las veces humorístico, con imaginativos juegos de palabras que beben en gran medida de la literatura popular con toques de Gianni Rodari, Miquel Obiols y Lewis Carroll.
¡Hala! No está nada mal para un diseñador de palabras.
¿Y cómo conseguiste seguir? Porque lo difícil a veces no es empezar sino continuar.
Tuve la suerte de ganar algún concurso y quedar finalista en otros. Había una necesidad enorme de textos infantiles en valenciano para la escuela. Se acababa de aprobar una ley para la enseñanza del valencià en el año 82. Mis libros se publicaron y tuvieron un cierto éxito, eso me animó a seguir escribiendo y publicando.
Tú siempre hablas de la suerte, incluso has llegado a decir que no solo tienes una flor en el culo, sino un jardín con jardinero y todo.
¡Es verdad! Aparte de la suerte personal de tener una familia maravillosa, una pareja que me soporta, unos amigos que me cuidan, me quieren y me han sostenido en los momentos difíciles y un gato que me hace compañía, en lo referente a la Literatura (me gusta escribirla en mayúscula), he tenido la suerte de ganar algunos premios importantes como el Lazarillo o el White Raven y, además, por partida doble, y de publicar en editoriales importantes y de trabajar con muchos de los mejores ilustradores españoles y latinoamericanos. La suerte de tener este magnífico oficio que me permitió incluso vivir del cuento exclusivamente durante doce años y me ha hecho viajar por una decena de países y conocer gente superinteresante.
¡Macho, te enrollas como las persianas! Ya sabes que mi otro oficio es el de narrador oral.
Sé de buena tinta, y nunca mejor dicho, que has tenido muchos oficios: ebanista, tallista en madera, camarero de la BBC (Bodas, Bautizos y Comuniones), profesor de baile, locutor y guionista de radio y TV, profesor de Lengua y Literatura en valenciano, escritor y cuentacuentos… Son unos cuantos oficios.
Empecé a trabajar con 14 años ¡y acabo de cumplir 69!
¡Quien lo diría! ¡Conservas muy bien el envase! Ja, ja, ja, gracias. Sí, eso dicen, que parezco bastante más joven. La verdad es que yo me miro en ti y no me creo que tengo la edad que proclama mi carné de identidad, ni física, ni mentalmente.
¿Y cómo lo consigues? ¿Cuál es el secreto?
A lo mejor es porque me apasiono por las cosas que hago y disfruto mucho de la vida.
¿Y cómo fue lo de dedicarte a contar cuentos?
También por casualidad. Un día me llamaron de un colegio en el que habían leído uno de mis cuentos y querían tener un encuentro conmigo. Se me ocurrió contarles un cuento y funcionó muy bien. Y empezaron a llamarme a colegios de vez en cuando ¡porque querían escuchar mis cuentos, no leer mis libros! A partir de ese momento me convertí en narrador oral, aunque ya tenía antecedentes, cuando era pequeño en el colegio donde estaba interno, los lunes contaba en el patio las películas que los domingos había visto en el cine. Además, una de las pocas cosas que recuerdo de mi padre, que me faltó cuando tenía ocho años, es que nos contaba cuentos.
Tú has pasado muchas veces delante de mí y has dicho, poniendo voces diferentes: «Lo importante es contar».
Sí, porque al mundo de la Literatura se entra por el oído, por los cuentos, las canciones, los juegos de falda que nos cuentan y nos cantan de pequeños. Todo el mundo se acuerda de quién le contaba cuentos de pequeño, dejan una huella indeleble. Es un gesto de amor de aquellos que te quieren y te cuidan y te construyen «una casa de palabras», como dice Gustavo Martín Garzo. En las facultades de Magisterio, lo más importante que deberían enseñar es a contar y a cantar, todo lo demás se aprende sobre la marcha. Además contar desarrolla la imaginación, enseña a escuchar, nos hace crecer y, como he dicho antes, nos abre las puertas de la Literatura y crea unas inolvidables y sólidas relaciones afectivas.
Volviendo a los libros, una pregunta que sé que es importante para ti: ¿Cómo te inspiras?
Me inspiro de cinco maneras diferentes:
1. Cuando mi hijo Carles tenía un año y medio hubo un eclipse total de Luna. Carles aún no hablaba. Le conté que la Luna se iba a apagar. Subimos a la terraza y le dije: «Mira, Carles, es la Luna». Mi hijo le sopló a la luna. Fue un momento mágico. Me quedé tan sorprendido y tan fascinado que pensé: «¡Guau! ¿Qué le ha pasado por la cabeza a este niño para soplarle a la Luna?» Ese momento tan mágico me impulsó a escribir El niño que apagó la Luna.
2. Otras veces cojo los cuentos clásicos y les doy la vuelta: he escrito una docena de caperucitas, entre ellas ¡Te pillé, Caperucita!, una obra de teatro que intenté que fuera desmadrada y divertidísima.
3. En ocasiones me encargan cosas, lo cual me encanta, como, por ejemplo, preparar un Abecedario Ilustrado.
4. Cuando descubrí a Gianni Rodari y su Gramática de la Fantasía, se abrió un mundo nuevo para mí, y me inspiró libros como Los viajes de Pericot o El secreto del abuelo.
5. A veces, me siento delante del ordenador y me dejo llevar por una frase que me vino a la cabeza de repente: «Había una vez un país que era tan pequeño que no aparecía en los mapas, y, si figuraba, era como una cagadita de mosca…», y sigo hasta que acabo contando de manera loca y divertida la gran estupidez que supone invadir un país.
Ya sabes que los espejos somos objetos mágicos y podemos recibir mensajes de cualquier lugar del mundo. Desde Avilés (Asturias) me llegan muy interesantes preguntas para ti del periodista Rafa Balbuena. Pregunta Rafa: «Sabemos que es complicado elegir porque tienes publicados más de 70 libros, pero, entre tus obras destinadas a jóvenes lectores ¿tienes alguna favorita? Bueno, vale, nombra diez».
¡Uf, qué difícil! Ya sé que esto es un tópico, pero es que los libros son como hijos, han salido de ti y los quieres igual a unos y a otros. Pero puestos a elegir, elegiría el primero: Les aventures de Potaconill, este libro me hizo conocer a mi amigo y fantástico ilustrador Paco Giménez, que es con quien más he trabajado. Después Cuentos para todo el año que es mi best seller particular y que me ha abierto muchas puertas. ¡Te pillé, Caperucita!, que ganó cuatro premios, entre ellos el «LAZARILLO» y el «WHITE RAVEN» y ya es casi un clásico del teatro infantil español, con cientos de representaciones y más de 50 ediciones entre castellano y valenciano. Marieta i el mort, una versión disparatada de La asadura del muerto, uno de mis últimos libros que me está dando muchas alegrías. La colección Diferencias (3 títulos), con estos ya son 7. Poemes sense diminutius, mi primer poemario. Abecedario ilustrado con el lujazo de contar 27 ilustradores. El secreto del abuelo, mi segundo «LAZARILLO». Y El Alfarero, el Maharajá y la Muerte, mi último libro (véase la reseña de este libro en la sección «Los escogidos»).
Sigue Rafa Balbuena preguntando: «El viaje, el ensueño, la magia y los personajes fantásticos están muy presentes en tu obra, aunque sin perder contacto con la realidad. ¿Ese equilibrio es premeditado? ¿Supone mucho trabajo o mucha reescritura? ¿Es una cuestión de respeto por los lectores?».
El viaje es el leitmotiv más importante en la literatura, ahí están La Odisea, o El Quijote. El viaje casi siempre nos cambia, en mi caso una princesa caprichosa aprende sensatez, o un rey con problemas de estrechez comprende lo estúpido e insensato que sería invadir otro país, o unos animales entienden que colaborar o incluso reconocer un error va a hacer que las cosas funcionen mejor. No, no es premeditado, pero cada uno es como es y su forma de pensar acaba apareciendo aunque sea a través de personajes fantásticos y situaciones mágicas. Reescribo mucho, pero no pensando en moralejas, sino en hacerlo lo mejor que sé. Lo otro, el contacto con la realidad y el respeto me salen de normal.
¡Gracias, Rafa! Este que tengo delante te debe una paella.
Sigamos. ¿Te preocupa el aspecto de tus libros?
¡Por supuesto! Tuve la suerte de empezar con un gran ilustrador, y una vez que has probado lo bueno, lo mediocre o lo malo no te sirve. Yo quiero que mis libros tengan las mejores ilustraciones, un buen papel, una editorial que cuide el diseño de la colección, y a los autores. Creo que nuestros lectores se merecen el mayor respeto y el mejor producto.
Has escrito narrativa, teatro, poesía, poesía visual, guiones de radio, televisión y cómic, ¿no eres un poco disperso?
Sí, mucho, por eso a veces los poetas y los dramaturgos no me consideran de los suyos. Pienso que lo importante es que tengas cosas que contar, el medio o el género en el que lo hagas se aprende, es técnica, lo que ya no es tan fácil es la historia, el qué, lo que cuentas. Además, soy muy atrevido y me encanta enfrentarme a retos nuevos, a cosas que no he hecho nunca. No siempre sale bien, pero por el camino aprendo.
Escribes y cuentas de viva voz. ¿Con qué te sientes más a gusto?
Contar y escribir son actividades diferentes. Las dos utilizan la palabra pero en distinta forma. Cuando cuento un cuento mío, previamente lo he de haber «olvidado» porque si no chirría. En el cuento oral tienes la respuesta inmediata, en el mismo instante sabes si estás conectando con tu público y si es así, es magia pura. Escribir tiene otra dimensión, nunca sabes si lo que escribes le va a gustar a alguien. Afortunadamente, la LIJ no tiene la inmediatez de la literatura para adultos y durante muchos años tus obras pueden estar vivas y hasta llegarte estímulos y felicitaciones de obras que tú has escrito a lo mejor hace treinta años. Así que me encantan las dos cosas: la respuesta inmediata y la que llega con el tiempo.
¿Y esa manía tuya de meter frases imprevistas en tus obras, es decir, de meter eso que se llaman «morcillas»?
¡No, no, morcillas de verdad, especialmente de cebolla! Son una pequeña rareza de marca. Salen en muchas de mis obras. Las morcillas eran una de las pocas cosas buenas que comía en el colegio donde estuve interno 6 años, ¡hasta les he dedicado una oda!
Hablando de comida, desde Gijón también se cuela Paco Abril, el director de Lazarillo y te pregunta: «Si como afirmaba el filósofo y antropólogo Ludwig Feuerbach “somos lo que comemos”, tú, que eres un gran cocinero, sobre todo de paellas, ¿qué relación tiene para ti la literatura con el más universal de los platos de tu tierra?».
La paella es un plato de fiesta, de celebración, de compartir, de hecho se come en la misma paella. La literatura se escribe para compartir, para que nos lean; una paella es amistad, conversación, emoción compartida y eso es para mí también la Literatura.
¿A qué te dedicas ahora?
Bueno, escribo cosas pequeñas, canto en un coro, hago paellas para los amigos, babeo con mi nieto Llorenç, juego al golf con mi hermano de vez en cuando, y sigo contando y encontrándome con mis lectores en colegios y bibliotecas.
Pues con esto me despido, por ahora. ¡Nos seguimos viendo!
Sí, eso espero, porque si no nos viéramos sería mala cosa, ¿no?